TRANSPARENCIA INTERNACIONAL REPRUEBA LOS NIVELES DE CORRUPCIÓN EN MÉXICO

corrupcion Es triste pensar que en México ya nos acostumbramos a las malas noticias; que a muchas y muchos mexicanos parece haberles dejado de importar que el desempleo crezca como nunca, que la delincuencia maneje ya un estado paralelo que “garantiza seguridad” y “cobra impuestos”, que nuestra economía se contraiga, que la pobreza crezca como fuego en gasolina y que nuestra educación sea insuficiente y de mala calidad.

Desafortunadamente a ese sentimiento de pesimismo, debemos sumarle otro factor aún peor que nos termina por sumir en una especie de abandono y apatía: la corrupción.

El día de ayer, la organización Transparencia Internacional presentó su informe anual sobre el Índice de Percepción de la Corrupción, que mide los niveles de corrupción en 180 países del mundo. En ese estudio México descendió 17 lugares con respecto al año anterior, pasando del lugar 72 que tenía en el 2008 al lugar 89, que lo coloca al  mismo nivel  que Malawi, Lesoto, Marruecos y por debajo de países de nuestro continente como Guatemala, El Salvador, Perú y Colombia, y ya ni decir lo lejos que está de Chile, Uruguay y Costa Rica, que son los países menos corruptos de América Latina. Peor aún: México se ubica entre las 10 naciones más corruptas de la región; resultado nada envidiable.

Las causas del aumento de la corrupción son varias, y se da en todos los niveles. Lo más grave del asunto, es que lo publicado por Transparencia Internacional, sólo se refiere a la corrupción imperante en las esferas del Estado y sus instituciones, haciéndose énfasis en su debilidad e incapacidad para establecer y operar mecanismos que la combatan y a la falta de herramientas que obliguen a la práctica de la transparencia y la rendición de cuentas, y no considera a las acciones de corrupción cotidiana en las que incurrimos todos los ciudadanos de “a pie”.

La corrupción se refleja en todo el universo nacional, desde el Presidente de la República que justifica que un funcionario autorice contratos a empresas de las que es copropietario, hasta los vendedores de los tianguis que entregan kilos de 700 gramos. No podemos limitar el análisis a cosas tan evidentes como la relación existente entre el aumento de la delincuencia y la corrupción en los cuerpos policiacos y de impartición de justicia en nuestro país.

Transparencia Mexicana, al presentar el Índice Nacional de Corrupción y Buen Gobierno correspondiente al año 2008, sostiene que los 27 mil millones de pesos que costó la corrupción el año pasado, equivalen a un año de presupuesto total del Poder Judicial Federal y a una cuarta parte de lo que costaría sacar de la pobreza extrema a Oaxaca, Chiapas y Guerrero juntos. De acuerdo con Transparencia, los hogares mexicanos destinan hasta el 8% de su ingreso a pagar mordidas, pero “para los hogares con ingresos de hasta un salario mínimo, este impuesto regresivo representó el 18% de su ingreso”.

Políticamente, la corrupción es el ejercicio abusivo y autoritario del poder, que se refleja en el enriquecimiento ilícito de servidores públicos y en el favorecimiento a las causas o partidos a los que pertenecen, aprovechando los cargos públicos y las conexiones que implica el poder político, afectando el buen desempeño del Estado. Así la corrupción se convierte no solamente en un medio para obtener dinero, sino también en un medio para incrementar la influencia política, vía el manejo clientelar y patrimonialista de los recursos públicos, favoreciendo, muchas veces,  a grupos de interés económico o a dueños de medios de comunicación que se convierten en apoyadores del grupo político gobernante, o a quienes se les están pagando apoyos ya recibidos para acceder al poder.

Más grave todavía que la implicación económica es la implicación social, y si bien es realizada por individuos en lo particular, dentro y fuera de la  organización gubernamental, refleja que nuestro país, funciona con un sistema que no es el apropiado.  Según Transparencia, “el daño social que causa la corrupción es grave, ya que el vivir en un país corrupto desmoraliza a los ciudadanos,  nos hace sentir que no vale la pena ser honestos, ni que tampoco vale la pena acatar las leyes porque de todos modos nadie lo hace”.

Solo seremos capaces de darle la vuelta a la percepción, si empezamos por hacer esas pequeñas grandes cosas que sustituyan a las viejas prácticas con que muchas y muchos hemos vivido desde que tenemos uso de razón. Desde mentir al no entregar una tarea, enfermar a un familiar para justificar una falta a la escuela, copiar en un examen, comprar una película o un disco pirata, dar una mordida de tránsito, comprar un boleto de reventa, etc. La corrupción está en todos lados. Que las autoridades hagan su parte, pero no les dejemos la responsabilidad exclusiva de ello. Comencemos por nosotros y nuestro entorno, de otra forma será imposible lograr avance alguno. 

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